martes, 11 de marzo de 2008

Maldita temperatura.

Hacia frío, ese frío que se te mete en los huesos y te pide desesperadamente que te frotes contra algo. Y él estaba ahí. Exactamente en el único lugar donde había una manta, un radiador pegado al colchón y ni una sola de las sábanas que se suponía que tenía que haber. Y ella tenía tanto frío…

Hacía calor. No en la habitación, sino dentro de su cabeza. Dejó volar un segundo la imaginación y se detuvo en aquella habitación paradisíaca, con aquella temperatura ideal. Las manos comenzaron a sudarle. Miró despacio alrededor hasta que tuvo claro que la subida de temperatura no se debía a un termostato roto, sino…

Él no era nadie especial, ni siquiera su cuerpo era especial. Simplemente era… una fuente de calor. Exactamente lo que su cerebro primario le estaba pidiendo a gritos. En todos los idiomas de la humanidad. Es más, si hubiera tenido que seleccionarle para algo, le hubiera dado un trabajo insignificante, de silla o de almohadón. Pero ella tenía demasiado frío. Y, cuando hace frio, uno busca desesperadamente algo que llevarse al cuerpo, y que lo caliente por dentro.

Se aseguró otra vez, porque uno sabe que a estas alturas de la vida cuando hace calor no se mira muy bien, y una neblina te cubre los ojos. Ves sólo lo que quieres ver y estar solo era exactamente lo que necesitaba ahora. Desnudo sobre el colchón, bajo las sábanas de raso, mientras el incienso que había puesto aquella noche se consumía incansablemente.

Respiraba despacio. No era consciente de que ella le miraba; era su presa. Así que con las manos temblando de frío dejó que cayeran poco a poco cada una de las prendas que la cubrían, porque cualquiera sabe que la ropa empapada da mucho más frío.

Le gustaba imaginarla desnuda, pero con tacones. Era muy típico, lo sabía. Pero cuando no lo has hecho nunca sí, hasta las cosas más típicas te encienden. Así que la imaginaba sólo con aquellos tacones negros de aguja de doce centímetros. Y dejaba que cada uno de los doce centímetros se clavaran en su colchón, levantando espuma. Se imaginaba que ese cuerpo que jamás le pertenecería se entregaba a él, lo acariciaba, como quien acaricia un trofeo y sus manos dejaban las huellas permanentes de su propiedad.

No estaba nada bien. Al día siguiente todo serían complicaciones, pero no importaba. Temblaba y la prioridad era que cesaran los temblores. Así que se dejó filtrar bajo la manta y lo notó cálido, mucho más cálido de lo que ella había pensado. Llevaba un estúpido pijama de franela, pero tampoco importaba demasiado. Además, el trabajo estaba casi hecho, una mano apoyada entre las piernas de él le dijeron que no tendría que trabajar más. Y…

Su boca... esa boca que le despreciaba. Era ahora toda suya. Y no podría besar jamás a ningún hombre, ni a ninguna mujer sin que fuera él el que fluyera por sus labios. Porque aquella boca no paraba de…

No sabía porqué le había bajado los pantalones, porqué la había tomado, ella tenía lo que necesitaba y sin embargo tenía que probar primero antes de cubrirle con su cuerpo. En realidad le gustaba sentir aquel hombre dormido y despreciable, tomado contra toda voluntad, sin doblegarlo, aunque sabía que podría si estuviera consciente.

Por fin, sus cuerpos se encontraron. Chocaron como chocan dos objetos que desafían la gravedad. Ya no hacía calor. La temperatura se había estabilizado hasta la insensibilidad, hasta la saciedad de dos esencias moviéndose al mismo e insistente compás. Ya no le importaba lo que ella pensara, no le concernía nada más allá de lo que rezumaba por cada poro de su piel. Y, sin más, ya no tenía calor.

Ya ni siquiera notaba el frio.





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