martes, 19 de mayo de 2009

Infiel.

Sólo pensaba en hacerte daño. O no, tal vez sólo pensaba en mi por una vez. No me importa qué es lo que sientes ahora, sólo me importa que ahora me siento libre y desligada por completo de tu vida. Jamás imaginé que fuera a ser tan fácil herirte, ni que fuera a ser capaz, ni que fuera a ser tan sencillo. Y me siento bien al haberlo hecho. Llámame puta, desgraciada. Dime que no merezco ni siquiera respirar el mismo aire que tú. Eso será lo más reconfortante que me has dicho en meses.

Me lo follé. Y pensaba en tí. ¿Es eso lo que quieres oir? Me lo follé pensando que su cuerpo no era el tuyo, me lo follé pensando que no eras tú. Eso me gustó. Había otro cuerpo en mi cuerpo. Había otro cuerpo en mi boca. Me gustó sentirme atrapada, sentirme poseida por otras manos, nadando en otro sudor, meciéndome en otros brazos.

Fué fantástico.

Fué liberador.

Fué mágico.

sábado, 11 de abril de 2009

Medianoche.


Tan sólo quiero que me expliques qué haces en la barra de este bar, cuando ambos sabemos que lo único que quieres es quitarme la camisa y empezar a soñar. ¿Razón, dices? ¿Qué razón necesitas? Esta noche quiero tu pasión, no tu lógica. Sé que piensas en mi piel desde que me viste por primera vez, entonces, ¿qué esperas? ¿Un verso, un soneto? ¿Una palabra dulce que te despierte por la mañana?

Perdona que me ría, que me salte el protocolo, pero ya estamos creciditos para andarnos con circunloquios. No quiero ser un problema, tampoco una obligación, esto es un trato y sólo se firma si ambos entendemos de qué va la acción. ¿Pacto, entonces? Podemos repasar las cláusulas de camino a mi casa, no me importa discutir esto en el taxi. Pero antes de marcharnos, recuerda: cuando estemos de vuelta a la realidad, no quiero despedidas. No pidas mi número, no ofrezcas el tuyo. No habrá cafés de martes por la tarde, ni cine los viernes, ni paseos el sábado.

No me perteneces, no te pertenezco. Si quieres algo trascendente más allá de los sueños no soy tu chica y no sé si ésta será tu noche. No me importa lo que pienses, no me importa a qué te dediques. No estoy interesada en el último libro que has leído. Te ofreceré aquello que te falta, puedo enseñarte y puedo aportarte todo lo que añoras esta noche. Puedo hacer diferentes todos los instantes, intensos todos los momentos y únicos todos los besos. ¿Podré? Disculpa que me ría otra vez. Claro que podré.

Piensa en mi lengua deslizándose por tu espalda. Puedo escribir nuestra historia de no amor por la mañana.

Nada es tan importante, nada merece más la pena que este instante. Podemos hacerlo diferente. ¿Qué fue lo primero que pensaste, esta mañana, cuando tus ojos se perdieron en el techo de tu habitación? Bueno, no me lo digas, en realidad no me importa. Respóndete y después piensa en lo que pensarás mañana, cuando tus ojos se pierdan en el techo de la mía. Te ofreceré buen café, tal vez, si te portas bien, una ducha para dos.

Pero más allá de las 12 no habrá sonetos, ni poesía. Tan sólo una cama vacía.


sábado, 4 de abril de 2009

Entre paréntesis.

La oscuridad apenas me permite adivinarte. Siento cómo mi mano, ajena al resto de mi ser, se aventura para reconocer tus facciones, cómo la electricidad atraviesa las yemas de mis dedos mientras éstas se deslizan hacia tu mentón. Recojo tu mejilla con la palma de la mano y alargo los dedos, acariciándote la sien. Sonríes. Coges mi mano, besas mi palma. Tus besos recorren mi brazo hasta llegar a mi oreja. Hundes la cara en mi pelo y oigo cómo me respiras. Me haces cosquillas, una risa fresa sale de mis labios. Una de tus caricias baja por mi columna vertebral, haciéndome ronronear.

Hace ya tiempo que tomaste prestada toda mi ropa, erizando cada minúsculo vello de mi cuerpo, para decorar el suelo. Te tomas tu tiempo... tus mimos... disfrutas cada uno por separado. Me lanzo a besarte, no puedo evitarlo cuando me miras así. Me encantan tus besos, tus labios, tu boca, porque cuando te beso tengo la sensación de estar descubriendo mi sed. Tus manos asen mi cintura y, firme pero suavemente, tomo asiento. Me quedo sin respiración unos segundos, los ojos cerrados, intentando de todas las formas posibles capturar toda sensación.

Sonrío cuando vuelvo a tomar aire.

Tus ojos se encuentran con los míos, dejo de tener constancia de dónde termino yo, de dónde empiezas tú. Cuando la respiración se me acelera busco tus labios, agarro con fuerza tu nuca. Tus brazos se afianzan en torno a mi cuerpo, estrechándolo, y tus dedos se impresionan en mi piel.

Y ya no sé dónde estoy. Sólo quiero llenarme con todos los aromas de la habitación.

Confías, deshojándome. Lo entiendes todo sin necesidad de que nadie te lo explique. Consientes que me dé el lujo de descansar, gritar, saltar, dormir, soñar, sentir.

Y confías, me deshojas a oscuras. Y me besas. No sabes muy bien dónde estás, ni yo termino de encontrarme.

Será por la oscuridad.

Menos mal que me dejó adivinarte.

martes, 30 de diciembre de 2008

McFearless.

Medianoche. Las calles están casi vacías y apestan a cloaca. Algunas ratas se esconden tras los cochambrosos contenedores de basura. Sólo unas pocas almas sobreviven en la oscuridad de las noches de Darkenhoff. En las aceras, las putas exhiben su mercancía sin ningún tipo de pudor, pero algo en sus caras demuestra que están corroídas por el miedo. No son buenos tiempos para el oficio. Conduzco calle abajo, sin prisa, observándolas a todas minuciosamente, deteniéndome a mirar como un niño en una pastelería.

En el fondo me gusta mi trabajo, aunque sé que a ellas no.

No soy la Ley, no pretendo serlo. Sólo soy esa sombra que vela porque el cáncer que corroe Darkenhoff desde hace décadas no se extienda. Y a veces, las que sienten gratitud, me pagan un precio que no desestimo ni por excesivo, ni por inmoral. Si pudieran verme se habrían dado cuenta de que me he encogido de hombros. Las cosas de Darkenhoff no funcionan bien, pero hemos alcanzado un equilibro que hace que el sistema se sostenga. Con eso, de momento, nos vale.

He visto una figura por el retrovisor. Se ha escabullido por uno de los callejones que he dejado atrás. Corpulento, gabardina haraposa, sombrero de ala. Lleva a una de esas putas del brazo, le hace daño, ella se revuelve. Maldita sea. Pensé que hoy no me iba a tocar bajar del maldito coche. Meto marcha atrás y retrocedo, pero no me detengo ante el callejón, sino antes. No quiero que sepa que le he visto.

Con calma, desenfundo el arma mientras le doy una larga calada al cigarro. El muy bastardo está intentando abusar de ella. Lo que más me jode es que pretende irse sin pagar, y a algunos cabrones se les olvida que un servicio es un servicio, satisface una necesidad por un precio, sea del tipo que sea. Le manosea el cuerpo como si nunca hubiera visto una mujer. Y, si me permiten la aclaración, menuda mujer. Alta, pelirroja, con unos pechos tersos y pecosos de pezones sonrosados, piernas eternas, pálidas, tacones de aguja verdes. El gorila tiene una mano ocupada en su entrepierna y otra sacándole brillo al generosísimo escote de la dama. Lleva un vestido que sólo podría calificar de mínimo, por lo que es fácil imaginar que todo está bien a la vista. El abrigo podría habérselo ahorrado, aunque, joder, parece caro. El baboso que intenta beneficiársela parece sólo un pobre desesperado a la caza de un coño, asi que guardo la pistola. No creo que vaya a necesitarla.

Me acerco despacio. Ella me ha visto, ha abierto mucho los ojos. Juro por Dios que incluso parece que niega con la cabeza. La miro interrogante y con señas le digo que cierre la puta boca. El maromo, que se ha dado cuenta de que la putita está a otras florituras, se da la vuelta. Es más grande de lo que parecía en un primer momento. Y más feo. Y huele todavía peor.

Veo venir el primer puñetazo a cámara lenta. No me es difícil esquivarlo, como tampoco lo es arremeter contra el baboso mastodonte. Le noqueo de dos viajes, aunque me supera en (como poco) cien kilos y medio metro de altura. Sólo hay que saber dónde darle duro a los huevones de este tamaño, porque cuanto más grandes son, más pesados caen. Cuando termino con él veo las salpicaduras de sangre en el cuello de mi camisa, el muy cabrón debió escupirme antes de caer al suelo, y me paro un segundo a pensar que tendré otra deliciosa tarde en la tintorería de la señorita Zhang. Me giro para recibir mi recompensa por tamaña hazaña heroica y desinteresada (¡je!), y para mi sorpresa, lo que encuentro es que la cálida florecilla pelirroja se ha transformado en otra puta loca.

-¡MALDITA SEA! ¿QUIÉN COÑO TE CREES QUE ERES? ¡Tenía la puta situación bajo control, MIERDA!

Entre la estupefacción y la incredulidad, me paro detenidamente a mirar a la damisela en apuros, sus pechos se mueven al ritmo de su acelerada respiración, sigue estando semidesnuda en un callejón oscuro y, Dios sabe que lo intento, no puedo quitarme de la cabeza lo mucho que me apetece arrancarle lo que queda de su ropa.

-¿Quién coño eres tú?-me increpa.

-McFearless. Detective Alexandra McFearless -le contesto mientras intento mirarle directamente a sus ojos color avellana-. ¡Y pensé que estaba salvándole el cuello, jodida loca!


..Continuará...






Nada.


Me dejé perder, me dejé llevar, me dejé vagar sin rumbo, sin patria, sin hogar, sin razón. Me condujiste allá donde tus manos quisieron llevarme, me dejé poseer como una muñeca de trapo, cerrando los ojos, volviéndome sumisa entre las yemas de tus dedos. Me derretí sobre tu piel y me escurrí por tu cuerpo gimiendo por el más intenso placer.

Quise ser humo en tu boca, ardor en tu hielo, el toque de gracia del Genio, la pérdida del loco...

Quise serlo todo, quise sentirlo todo, pude verlo, pude olerlo, pude llegar, ver, amar, respirar. Tan deprisa... la exitación que se desborda, la piel que se cuadra ante tu tacto, aquella húmeda promesa deslizándose por mi cuello, resarciéndose en torno a mi pecho, descubriendo violéntamente mi piel hasta que no quedó nada... no quedó nada... nada... nada que ocultar.

Nada que ocultar... sólo mi agitada respiración, la forma en la que me hiciste perder el control... Vacío. Negro. Azul. Ahogo. Recoges mis pedazos y los esparces. No te importa dónde caen, dónde caigo, dónde estoy, ¿por qué...?

Y bésame, maldita sea. No quedara nada de nosotros por la mañana.