domingo, 16 de marzo de 2008

Mañana de domingo.


Cuando se despertó, se quedó mirando un momento en torno a sí. Le gustaba mucho despertarse después de una larga noche de caricias (urgentes al principio, intensas en el desarrollo, suaves al final) y ver el dormitorio desordenado. Se podía deducir, según el estado del mismo, lo intensa que había sido la experiencia. Él había tenido que irse temprano, pero había prometido volver por la tarde y bebérsela ansiosamente otra vez. No le importó despertarse sola. Agradeció el espacio de la cama y el olor de las sábanas. Olían a besos, a apretarse fuerte, al sonido que tiene el tacto de la piel.

Cuando miró en torno descubrió que la mesilla de noche se había movido un par de metros hacia la izquierda, que la mesa del televisor estaba completamente girada y en el suelo, hecha un barullo, estaba la ropa de la noche anterior. Sonrió al reconocer la ropa interior de él, pues estaba claro que volvería para recuperarla. Las puertas de los armarios estaban abiertas. Esto la desconcertó un poco, e intentó hacer memoria sobre cómo y para qué fin podían estar así. Los libros que tenía sobre el escritorio se habían caído y la lámpara había vuelto a tener intentos suicidas, al parecer. Eso, por no hablar del colchón de la cama, que se había despertado en el suelo. Se gratificó al calcular que recomponer aquél puzzle de muebles, ropa y sábanas le iba a llevar un rato. Un buen rato.

Se acarició los pechos, que estaban deliciosamente doloridos. Sintió otra vez los besos y sus húmedas estelas, la respiración de él en la oreja, sus manos en las nalgas agarrándola fuerte, como si pensara que iba a escaparse. La verdad, no hubiera ido a ningún otro sitio. Recordó su mirada mientras la tomaba, mientras le besaba el cuerpo entero y sus labios susurraban lascivas y sugerentes promesas. Y el tacto de su piel... y cómo no pudo evitar dejarle una pequeña marca de uñas en la espalda. Rememoró el acero y sus muñecas haciendo contacto, la venda sobre los ojos, la suavidad de las plumas sobre la piel, y sus manos... Cómo olvidar sus manos.

Al mirar el espejo un escalofrío de deseo le serpenteó por la espalda. Aquellos movimientos fueron armónicos, simultáneos, perfectos.

Se recostó otra vez y se estiró. Aspiró el aroma de las caricias (urgentes al principio, intensas en el desarrollo, suaves al final) como si quisiera guardarlo todo dentro. Separó los brazos y las piernas bajo el edredón y se le escapó un suspiro... casi ronroneó de placer.


Sonrió y volvió a dormirse.



No hay comentarios: