...mientras me ponía una copa de vino...
....fui algo más traviesa de lo habitual.
"No sé si es mejor que me reserve estas cosas...", pienso en decirte mientras te miro con los ojos entrecerrados. Pero lo cierto es que me apetece contarte que el otro día me puse una de tus camisas y me senté ante el espejo. Sí, lo sé... no obstante, te la dejaste olvidada y yo estaba algo aburrida de tener la cabeza llena de números... Y te prometo que no pudiste dejarla en mejores manos que las mías.
Me apetecía contarte que el roce de la tela puso mi piel en guardia, que la suave caricia que recorrió mi pecho me recordó las ganas que tengo de hacértelo en el sofá...
Me miré un rato, erguida, apoyada una mano entre las piernas, y recordé brevemente el tacto de mi propio vientre, deslizando suavemente las yemas de los dedos. Y sin querer empecé a crear combinaciones de cuerpos en mi cabeza, seguí inventando piezas que hicieran encajar mi puzzle de sabores, reinventé a mi antojo las caricias y los suspiros. Rememoré con calma la línea de mi cadera, la caída de mi ombligo, el lunar de mi costado, la suavidad de mi pecho... Cerré los ojos mientras un dedo me repasaba el cuello, bajando y bajando durante... ¿cuánto...?
Volví en mí un momento, porque me apetecía saborear otra vez la acidez del vino. Sin querer, tu camisa se me cayó por los brazos, dejando que notara el cosquilleo de mi pelo al caer por la espalda. Mi boca se entreabrió y mi lengua decidió investigar una caricia rebelde que un dedo había decidido regalarle.
Todo fluyó despacio, al menos al principio. Consentí que mis rodillas fueran separándose gradualmente, al mismo ritmo con el que mis manos sorteaban las curvas de su descendente e indecente rumbo.
El otro día...
Me apetecía contarte que el roce de la tela puso mi piel en guardia, que la suave caricia que recorrió mi pecho me recordó las ganas que tengo de hacértelo en el sofá...
Me miré un rato, erguida, apoyada una mano entre las piernas, y recordé brevemente el tacto de mi propio vientre, deslizando suavemente las yemas de los dedos. Y sin querer empecé a crear combinaciones de cuerpos en mi cabeza, seguí inventando piezas que hicieran encajar mi puzzle de sabores, reinventé a mi antojo las caricias y los suspiros. Rememoré con calma la línea de mi cadera, la caída de mi ombligo, el lunar de mi costado, la suavidad de mi pecho... Cerré los ojos mientras un dedo me repasaba el cuello, bajando y bajando durante... ¿cuánto...?
Volví en mí un momento, porque me apetecía saborear otra vez la acidez del vino. Sin querer, tu camisa se me cayó por los brazos, dejando que notara el cosquilleo de mi pelo al caer por la espalda. Mi boca se entreabrió y mi lengua decidió investigar una caricia rebelde que un dedo había decidido regalarle.
Todo fluyó despacio, al menos al principio. Consentí que mis rodillas fueran separándose gradualmente, al mismo ritmo con el que mis manos sorteaban las curvas de su descendente e indecente rumbo.
Sí... he de confesarte algo.
El otro día...
...mientras me miraba al espejo con una de tus camisas...
...fui algo más traviesa de lo habitual.

3 comentarios:
me pregunto cuanto de real puede que tenga esta historia.... y al segundo me respondo con que prefiero no saberlo.
La imagen en mi cabeza es tan nitida que si eso jamás hubiera sucedido, para mi ya es realidad.
Sigue describiendo y seguiremos imaginando realidades. Sigue describiendo y seguiremos creando realidades
;)
Es el primero que leo, y me parece una pasada ;)
Un beso, guapa*
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