martes, 30 de diciembre de 2008

Nada.


Me dejé perder, me dejé llevar, me dejé vagar sin rumbo, sin patria, sin hogar, sin razón. Me condujiste allá donde tus manos quisieron llevarme, me dejé poseer como una muñeca de trapo, cerrando los ojos, volviéndome sumisa entre las yemas de tus dedos. Me derretí sobre tu piel y me escurrí por tu cuerpo gimiendo por el más intenso placer.

Quise ser humo en tu boca, ardor en tu hielo, el toque de gracia del Genio, la pérdida del loco...

Quise serlo todo, quise sentirlo todo, pude verlo, pude olerlo, pude llegar, ver, amar, respirar. Tan deprisa... la exitación que se desborda, la piel que se cuadra ante tu tacto, aquella húmeda promesa deslizándose por mi cuello, resarciéndose en torno a mi pecho, descubriendo violéntamente mi piel hasta que no quedó nada... no quedó nada... nada... nada que ocultar.

Nada que ocultar... sólo mi agitada respiración, la forma en la que me hiciste perder el control... Vacío. Negro. Azul. Ahogo. Recoges mis pedazos y los esparces. No te importa dónde caen, dónde caigo, dónde estoy, ¿por qué...?

Y bésame, maldita sea. No quedara nada de nosotros por la mañana.







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