Doy vueltas por la habitación, mirando con calma el interior del armario y sabiendo que, aunque no tendré la oportunidad de mostrártelo, hoy voy a vestirme para ti.
Ray Charles envuelve mi ambiente. Escojo la ropa interior, roja en este caso, y me miro al espejo. Me gusta lo que veo en el reflejo, aunque imagino que eres tú quien, sentado en el sillón, me observa mientras termino de vestirme. Son tus manos las que recogen suavemente mi pecho, no las copas del sujetador. Son tus manos las que acarician el fondo de mis secretos, no la fina cadena de perlas que se aventura entre mis piernas. Son tus labios los que van perfumando mi piel, no la esencias en las que me baño. Es tu aliento el que noto en el cuello, es tu respiración la que quiere amalgamarse con la mía...
Son tus labios, tesoro, y no otros cualesquiera, los que anhelo en mi piel.
La camisa sugiere, sin levantar la voz, lo que arropa bajo los botones. Esta vez no he elegido la falda negra, puesto que me encanta saber que sólo yo sé lo que he escogido para que envuelva mis sinuosos deseos... Esos deseos que se traducen en tus dedos bajando, revolviéndose, impresionándose a lo largo y ancho de mi cuerpo.
Una vez vestida, miro una última vez mi perfil en el espejo. El reloj dice que me he apresurado más de la cuenta, que los invitados no llegarán hasta pasadas las nueve. Con calma, imaginando que son tus manos, que son tus labios, que son tus ojos y que son tus deseos los que los mueven, me vuelvo a desvestir.
Con calma, imaginando, reinventando e investigando como si fuera la primera vez, me recuesto en el sillón.
Y me deseo (te deseo)...

Ray Charles envuelve mi ambiente. Escojo la ropa interior, roja en este caso, y me miro al espejo. Me gusta lo que veo en el reflejo, aunque imagino que eres tú quien, sentado en el sillón, me observa mientras termino de vestirme. Son tus manos las que recogen suavemente mi pecho, no las copas del sujetador. Son tus manos las que acarician el fondo de mis secretos, no la fina cadena de perlas que se aventura entre mis piernas. Son tus labios los que van perfumando mi piel, no la esencias en las que me baño. Es tu aliento el que noto en el cuello, es tu respiración la que quiere amalgamarse con la mía...
Son tus labios, tesoro, y no otros cualesquiera, los que anhelo en mi piel.
La camisa sugiere, sin levantar la voz, lo que arropa bajo los botones. Esta vez no he elegido la falda negra, puesto que me encanta saber que sólo yo sé lo que he escogido para que envuelva mis sinuosos deseos... Esos deseos que se traducen en tus dedos bajando, revolviéndose, impresionándose a lo largo y ancho de mi cuerpo.
Una vez vestida, miro una última vez mi perfil en el espejo. El reloj dice que me he apresurado más de la cuenta, que los invitados no llegarán hasta pasadas las nueve. Con calma, imaginando que son tus manos, que son tus labios, que son tus ojos y que son tus deseos los que los mueven, me vuelvo a desvestir.
Con calma, imaginando, reinventando e investigando como si fuera la primera vez, me recuesto en el sillón.
Y me deseo (te deseo)...
...la más feliz de las Navidades.


1 aleteos:
Y en el Sermón de la Montaña, Jesucristo, el mismo que hoy nació, podría haber dicho:
"Bienaventurados los dignos de tamaña felicitación, recibida desde el vientre de la mujer el mismo día que yo vine a este mundo.
Benditos, porque de mano del mismo vientre de la misma mujer, ellos verán el Cielo".
Feliz Navidad, celestial Celeste.
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