Lleva puestos esos vaqueros.
Cuando se agacha puedo adivinar, por una línea caprichosa que se escapa, su ropa interior, que al instante reconozco. Lo sabe. Creo que incluso sabe lo que pienso, que es capaz de notarlo, de adivinar cómo las ideas se me desordenan y se cuelan por la ranura que separa su piel de la cinturilla de sus pantalones...
Me habla de algo, pero no la escucho. No porque no quiera, sino porque está de espaldas, de puntillas, colocando algo en la estantería. Lo único que puedo hacer es mirarla, pensando en lo suave que es la piel que le esconde la ropa. Mientras se mueve, una de esas líneas caprichosas se deja ver otra vez. Rememoro ese minúsculo pedazo de tela negra, mientras noto cómo la sangre se me va arremolinando en las venas. Luego, para qué negar lo evidente, pienso en su coño. Pienso en sus labios, en cuánto me gustan... pienso en que me encantaría deslizar la lengua de arriba a abajo, como ella me lo pida, y notar cómo se le acelera la respiración, lo dulce que sabe. Quiero notarla empapada... Me encantaría cogérselo con los labios y tirar suavemente, degustarlo, saborearlo, y después...
Como es lógico, llega un momento en el que imaginármelo ya no sirve. Me levanto y camino hacia ella. Sorprendida, me sonríe cuando me nota detrás. Le muerdo el cuello con la presión justa... no tarda en girarse y me mira a los ojos. Vuelve a sonreír mientras me mira la boca. Sé que esto le ha recordado a la escena de la cocina, así que le desabrocho los vaqueros, botón a botón, y deslizo toda su ropa hasta el suelo.
Cuando lo veo así, rasurado, suave, delante de mi... Me cuesta, pero me controlo las ansias de saciarme el apetito el tiempo suficiente como para que se me escape, en voz alta y tras un suspiro, el último pensamiento de la tarde:
-Has nacido para que te coman el coño. No hay duda.
Y ella sonríe, con un dedo en los labios, mientras se acuerda de la escena del salón.

Me habla de algo, pero no la escucho. No porque no quiera, sino porque está de espaldas, de puntillas, colocando algo en la estantería. Lo único que puedo hacer es mirarla, pensando en lo suave que es la piel que le esconde la ropa. Mientras se mueve, una de esas líneas caprichosas se deja ver otra vez. Rememoro ese minúsculo pedazo de tela negra, mientras noto cómo la sangre se me va arremolinando en las venas. Luego, para qué negar lo evidente, pienso en su coño. Pienso en sus labios, en cuánto me gustan... pienso en que me encantaría deslizar la lengua de arriba a abajo, como ella me lo pida, y notar cómo se le acelera la respiración, lo dulce que sabe. Quiero notarla empapada... Me encantaría cogérselo con los labios y tirar suavemente, degustarlo, saborearlo, y después...
Como es lógico, llega un momento en el que imaginármelo ya no sirve. Me levanto y camino hacia ella. Sorprendida, me sonríe cuando me nota detrás. Le muerdo el cuello con la presión justa... no tarda en girarse y me mira a los ojos. Vuelve a sonreír mientras me mira la boca. Sé que esto le ha recordado a la escena de la cocina, así que le desabrocho los vaqueros, botón a botón, y deslizo toda su ropa hasta el suelo.
Cuando lo veo así, rasurado, suave, delante de mi... Me cuesta, pero me controlo las ansias de saciarme el apetito el tiempo suficiente como para que se me escape, en voz alta y tras un suspiro, el último pensamiento de la tarde:
-Has nacido para que te coman el coño. No hay duda.
Y ella sonríe, con un dedo en los labios, mientras se acuerda de la escena del salón.


1 comentario:
Umm, escena del salón... escena de la cocina... muchas escenitas me parecen a mi ;)
y celeste? qué escenitas protagoniza?
:P
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