El día había empezado a oscurecerse, pero el cielo mantenía aún el brillo apagado de la despedida del Sol. Había tenido que salir y no le apetecía mucho. La tarde había sido tan gris y apática que prefería quedarse envuelta en el calor del edredón, pero (¡malditas responsabilidades y maldita, maldita agenda!) no pudo dejar para mañana lo que debía ser finiquitado hoy.
Se hallaba en la estación de tren, esperando una cola kilométrica para sacar un billete para el fin de semana. Viajes, viajes, viajes... Se dejó llevar por el hilo musical y se imaginó deambulando por las calles de Bangkok, impregnada del olor de las especias, del calor húmedo que se confundía con su propio sudor... ese sudor que notaba como una caricia por su columna vertebral.
Un empujón la sacó de su ensoñación. Un tipo con vaqueros rotos, gafas Ray-Ban, barba de dos días y bufanda gris se disculpó en un castellano poco trabajado. Le calculó treinta o treinta y muy pocos. Belga... o tal vez francés. Se había tropezado con ella mientras intentaba esquivar un tropel de quinceañeras histéricas que hablaban emocionadas de su próxima experiencia en una casa rural en Ávila. Ella sonrió. "No hay problema", le dijo. Y siguió observándole tras sus gafas de sol, detenidamente, analizando su cuerpo con precisión de cirujana.
Empezó una conversación insulsa sobre lo aburrido que es esperar colas, el escándalo de las hormonadas adolescentes... Le tocó el turno a ella. Mientras se alejaba de la ventanilla se cruzaron sus sonrisas. Se resistió a abandonar el recinto y se fue derecha a la cafetería, sin saber por qué.
No tuvo que esperar mucho.
Ya se había sentado en una mesa junto a la ventana, ya tenía el descafeinado sobre la mesa y estaba a punto de abrir su libro. Cuando levantó la vista hacia la cafetería y le vio en la barra... El estómago se le puso del revés y se le incendiaron las mejillas. A él se le veía despreocupado, tomando agua con gas. El botón de la camisa desatado, dejando entrever el sudor, el comienzo de un pecho terso y moreno, y una fina cadena de plata. La maleta de cuero negra descansaba junto a su dueño. La cafetería estaba abarrotada y ella estaba sola en la mesa. Se cruzaron sus miradas, se saludaron con una alegría tal vez mayor de lo que era de esperar, y ella le invitó a compartir sitio.
La conversación duró horas, pero no hubo nada substancial que mereciera destacarse. Sus miradas cada vez se acercaron más y, cuando sus manos se rozaban, podía sentir el chasqueo de la electricidad estática, confusión ante un instinto animal incontrolable. Lejos de toda razón, lejos de todo juicio, se vio compartiendo un taxi. Se internó en un torrente de acontecimientos que ya no pudo controlar, que la desconcertaron y descolocaron, pero que la llenaron de una extraña paz que la acariciaba por dentro.
Vio tantas cosas colapsando cada instante...
Vio dos cuerpos dorados, que contrastaban con las sábanas blancas, impolutas, en un delirio, en una paranoia conducida con alevosía hacia un fin definido. Sintió por cada poro de su piel cómo se pertenecían en ese instante, en ese momento eterno que no se repetiría. La habitación se sumergió entre las sombras y largos meses implosionaron en solo faro de luz, una sola joya moteada en esta noche final.
Vio el sinfín de líneas entrelazadas que recorrían su tatuada espalda, dibujo en constante movimiento que bien pudieran haber narrado la historia de un Dios o un Demonio. Tan abstracto, lleno de idas y venidas, de desplazamientos, de jaulas, suspiros, caídas. Locura.
Y tal vez sí, tal vez fuera un Dios.
O un Demonio.
Pero lo único que sabía a ciencia cierta es que cada noche, a partir de entonces, una fuerza le llevaría hasta los labios un único nombre:
Gael.


2 comentarios:
Acercándote hasta en el más mínimo detalle, como siempre. Me llena de placer ver que has vuelto a escribir.
Como antes... Ahora todo parece distinto, ¿verdad?
¿Falta el calor de una chimenea...?
Hasta pronto, Princesa.
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