Estaba apurando al máximo los últimos instantes de aquél orgasmo perfecto, tumbada en la cama sintiendo los últimos latigazos de placer, cuando por fin llamaron al timbre de la puerta. Había estado imaginando que sus manos no eran sus manos, que sus labios eran humedecidos por otros labios y no por sus propios dedos. Pero no se había saciado, sólo estaba preparando el contexto perfecto.
Se subió los tirantes del camisón y, despacio, recolocó el resto sobre las caderas. Luego pensó en ponerse la bata de raso por encima. Antes siquiera de que tocara el timbre, él ya sabía que efectivamente la llevaría puesta, pero no completamente cerrada. Sabía que le recibiría descalza, que se apoyaría en la puerta. Debajo, el camisón recién colocado y debajo de él, la piel.
La cogió por la cintura y la besó como único saludo. ¿De verdad era necesario decir nada más? Sus ojos se encontraron. Una de sus manos se aventuró a subir por su muslo hasta sus ingles. La puerta tardó unos segundos en cerrarse tras ellos. Deslizó la boca hacia su cuello y las manos bajo el camisón, hacia sus caderas, mientras ella le iba conduciendo por el pasillo. Empezaron a olerse, a saborearse, a lamerse, a tantearse. Nada más cruzar la puerta le llevó hacia el espejo y empezó a desnudarle, pero solo llegó despenderle de la camiseta. La cogió a horcajadas y la llevó hasta la mesa, donde improvisaron los pasos que les llevarían cada vez más desnudos y sudados hasta el escritorio… hasta el armario… hasta la cama.
Recorrieron lento el camino, mientras se les erizaban los deseos bajo la piel. Corrían por la piel desbocándose en suspiros prolongados. El sudor caía lento por sus hombros, mientras ella reanudaba la manía de llenarse el gusto de sus sabores agrios, esos que ralos por sus cuerpos desquiciaban al pudor más sumiso que dormitaba en sus conciencias. Quería llenarse la boca con él, paladear hasta la última fibra de su ser. No había pausas para pensar, aprisionados los brazos y los susurros, los labios que se encuentran despacio y se saludan deprisa, que bajan y que suben inmersos en un baile constante de caricias.
Se volvía loca cuando le notaba detrás, cuando le apartaba el pelo y tenía su aliento en la oreja, cuando se le escapaban los mordiscos que le recorrían el hombro. Apoyada en la mesa de espaldas a él, notó como las palmas de sus manos le subían por las piernas. Despacio, escuchando cada ronroneo de placer, dejó al descubierto sus nalgas y el húmedo torrente que discurría entre sus piernas. Hambriento de ella, sació aquel ávido deseo de saborearla, haciendo que se estremeciera, buceando en el epicentro de sus suspiros.
Entre miradas perversas, la condujo de nuevo hasta el espejo, sin dejar que se girara, y la penetró pausadamente. Comenzó el frenesí de movimientos, la espalda que se le arqueaba queriendo sentirle más dentro, más fuerte, más intenso. Terminó de arrancarle el camisón, quería concebirla más cerca, sin barreras de tela que le impidieran empapar cada uno de sus recovecos. Cayeron, ella de rodillas con la cabeza en el suelo, con el ardor desbocado y el atrevimiento intacto. Le agarró las nalgas con fuerza y sintió cómo él se abría paso entre ellas, chocando en una sacudida armónica y continua… en un no parar, no pensar, estremecerse, palpitar.
El ambiente se ha transformado en puros gemidos, en respiraciones profundas y ahogadas en la garganta, el chasquido de una mano contra la nalga, las palabras que invitan a perderse, a dejarse ir. Parecían hundirse en un lago de gozo infinito, sin tener tiempo apenas de hacer pie, de llenarse con la última bocanada de aire que les permitiera seguir buceando.
Llegó la vorágine, la locura. El estruendo de la acometida más inmensamente placentera que dos pieles hayan conocido, que se abandonan a su suerte, los frentes quedan vacíos. El aire quedó viciado, impregnado de demencia, del olor del delirio y del estruendo del orgasmo aún más perfecto. Y es que esta vez no fueron sus propias manos, ni sus dedos hambrientos de delectación. Esta vez su imaginación jugaba a amalgamarse con otra distinta, con la sensación de haberlo vivido antes... o de haberlo escrito antes.
Y cuando los deseos juegan a ser imaginados, ¿qué mejor forma de acariciarlos que con palabras que queman?

1 comentario:
jejeje....te encontre entre aleteo y aleteo...
muakussss
http://alasdeunangel.blogspot.com/
Publicar un comentario