Llevaba tanto tiempo tratando de convencerse de que lo que sentía no era real, que había desarrollado una capacidad inaudita para evadirse y engañarse: así todo era más fácil. No había sorpresas si no se dejaba sorprender. Pero no contaba con que, a veces, los sentimientos se escapan al autocontrol. Sucede a menudo, más a menudo de lo que nos gustaría pensar, pero lo cierto es que saltan las barreras del raciocinio con una facilidad pasmosa.Llevaba tanto tiempo deseando su piel en silencio que se había convertido en una picazón constante en su vientre, tanto así que muchas veces ni siquiera lo notaba, de tan asidua que se había vuelto su compañía. Cuando entraba en su despacho respiraba hondo, se erguía casi sin querer, levantaba la barbilla y adoptaba de pronto esa actitud altiva y soberbia que impedía que nadie se le acercase. Cuando hablaban una vez por semana siempre acababa imaginándose que él se levantaba, la cogía fuerte por la cintura y la tiraba encima de aquél escritorio lleno de papeles. Mientras la escena iba tomando forma en su cabeza ella no podía evitar juntar las rodillas con fuerza, apretar el pañuelo de papel en sus manos y evitar mirarle a los ojos. En el fondo se sentía tan vulnerable que le daba miedo que sospechara lo que estaba pensando, porque sabía que si él cumplía aquella fantasía no sabría decir que no.
Hoy le había notado distinto. Sus ojos la esquivaban de forma casi automática, no podía cruzar dos palabras con ella sin que sus ojos bajaran instintivamente hacia su escote. Lo había notado. Cierto es que ponía especial cuidado en elegir su ropa y su peinado cuando sabía que iban a verse, pero jamás había advertido ni siquiera un mínimo detalle que delatara que lo que veía en ella le agradaba. Era su profesor, era su mentor, era un hombre tan en sus cabales que le odiaba por ello cada minuto que pasaban juntos. Le odiaba por tener mujer, le odiaba por tener una hija de su edad, le odiaba por ese encanto tan irresistible que emanaba de cada poro de su piel, por mirar de esa manera sin que significara absolutamente nada, por entender lo que pensaba, por escuchar todo lo que decía… por ser tan interesante y tan envolvente que le daba vértigo su contacto.
Se levantó de su sillón y caminó en torno a la mesa. Ella le miró de arriba abajo un instante y sostuvo su mirada todo lo que pudo. Se le encogieron las entrañas cuando se sentó en la silla que había a su lado. Intentaba por todos los medios aparentar normalidad, pero era casi imposible controlar su pulso y el movimiento mecánico de sus tobillos, que hacían vibrar sus piernas sin parar. Y él se había dado cuenta. Le miró a los ojos otra vez y él no dijo nada, sólo le cogió la mejilla y la besó. Todo daba vueltas, no había nada comparable a lo que sintió de pronto por todo el cuerpo. Eran fuegos artificiales, la honda expansiva de una explosión hecatómbica. La tomó por la cintura y la obligó a levantarse, para después empujarla con suavidad hacia la mesa de trabajo, que, misteriosamente, estaba ordenada por primera vez en meses. Se había puesto la aquella minifalda que sabía que le sentaba de vértigo, con las calzas grises y las botas negras de tacón. Se separó un segundo y buscó sus ojos buscando su aprobación, pero no hacía falta buscar una bendición en lo que estaba condenado a ser sucio y clandestino. Las yemas de sus dedos acariciaron muy suavemente su muslo hasta encontrar sus caderas, por debajo de su falda. Se agachó y comenzó a retirar despacio sus braguitas de algodón negro, que ella se dejó quitar con docilidad. Sintió el tacto de su lengua húmeda y experta recorrer su piel, sin querer una mano se apoyó en su nuca y se le escapó un gemido apenas imperceptible. Pensó que iba a morir de placer. Ya no sentía el rubor de la inocencia perdida, sino que volvió a sentirse una mujer completa y llena de ardor, la misma que tenía el control sobre todos los hombres que quería, la que se había vuelto caprichosa y autoritaria con tantas caras, tantas veces, que había perdido el interés por el sexo sin amor. O eso creía.
Le obligó a levantarse y le desabrochó los botones del pantalón, ya no había sitio para sutilezas, quería otra cosa, deseaba su entrada y su fuego, su olor en la piel, su lengua en la boca y su miembro en las entrañas. Se desabrochó la camisa y él pudo ver por fin aquellos pechos suaves y turgentes. Le besó en el cuello y cogió las copas de su sostén con las manos mientras ella le rodeaba con las piernas. Se buscaron… se encontraron… comenzó el oscuro vaivén, dos cuerpos moviéndose como uno solo, los besos violentos, las caricias férvidas.
La universidad estaba vacía ya a esas horas, pero no podían permitirse el lujo de hacer ruido, de que alguien los sorprendiera, ni de pararse a pensar lo que estaba sucediendo. Cuando él explotó, cayeron ambos sobre la mesa, sin hablar, sin hacer preguntas ni aventurar respuestas. Se vistieron en silencio. Se miraban de soslayo con medias sonrisas. Ella fue consciente de que esa era el último tutorial de doctorado que tendría con él, hasta que él descorrió el pestillo y con voz dulce le dijo:
-Hasta la semana que viene, Princesa.

1 comentario:
Gracias por tu visita y bienvenida a esto de los blogs.
Un abrazo.
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